La frágil tregua firmada la semana pasada ha alejado un poco el fantasma del desastre, pero todavía pende por encima de nuestras cabezas la espada de Damocles de la crisis económica y la escasez de materias primas que puede causar un cierre continuado del estrecho de Ormuz. Por Ormuz pasan el 20 % del petróleo que se consume en el mundo (y el 40% del que se exporta) y 30 % de los fertilizantes. Su cierre supone un doble impacto para el sector agrario, que no sólo necesita los fertilizantes, sino también el gasóleo, imprescindible para la maquinaria agrícola. A mayores, hay que añadir el impacto que la guerra va a tener sobre el precio del gas natural, materia prima fundamental para los abonos nitrogenados. ¿Qué consecuencias podría tener sobre la agricultura global una disminución, por ejemplo, del 30% de fertilizantes?
Por otra parte, la escasez petróleo causada por la guerra puede hacer que los países opten por buscar sustitutos fáciles a las gasolinas y gasóleos y el más inmediato son los biocombustibles, combustibles líquidos sacados de plantas comestibles o de residuos agrícolas y forestales.
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