En 2020, la Agencia Europea de Medio Ambiente dio a conocer un hallazgo alarmante: cuatro quintas partes de los hábitats naturales protegidos de Europa se encuentran en mal estado. Las conclusiones de la AEMA se suman a las crecientes advertencias científicas sobre la pérdida de biodiversidad. El WWF ha informado de una disminución promedio del 73 % en las poblaciones de fauna silvestre monitoreadas en todo el mundo, mientras que diversos estudios han documentado descensos drásticos en las poblaciones de insectos que sustentan las redes tróficas.
Aparte de la pérdida inconmensurable causada por el colapso de los ecosistemas, el deterioro de la naturaleza también presenta riesgos reales para la sociedad. El sistema alimentario mundial depende de ecosistemas saludables que nutren los suelos, sostienen los sistemas de agua dulce y apoyan a los polinizadores. A medida que la biodiversidad disminuye, los gobiernos reconocen cada vez más la naturaleza no solo como una preocupación ambiental, sino también como una cuestión de seguridad alimentaria y resiliencia.
Pero en lugar de apoyar un sistema alimentario que respete nuestros ecosistemas, la UE está respaldando un modelo industrial de agricultura que está socavando los cimientos ecológicos de los que depende la producción de alimentos a largo plazo. Son emblemáticas de esto dos propuestas de reglamento: el paquete Omnibus de alimentos y piensos y el Reglamento sobre nuevas técnicas genómicas (NGT), que actualmente se están tramitando en las instituciones de la UE y que, según advierten los grupos ecologistas, podrían debilitar las salvaguardias sobre los plaguicidas y los organismos genéticamente modificados.
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